Le tenía dicho que antes de correrse le pidiese permiso siempre, la noche de antes habían estado juntos, pero ella estaba muy excitada y no pudo evitar correrse sin darle tiempo a avisarle, los dos hicieron como si no hubiese pasado nada en ese momento. Pero cuando se despedían por la mañana, le dijo que lo de esa noche sería castigado.Le abrió la puerta sin contestar, la de arriba estaba abierta, pero Juan no la esperaba en la puerta como solía hacer en otras ocasiones. Entró en la casa, y se quedó en la entrada. Al ver que no le hablaba pasó hasta el salón y le encontró sentado en el sofá, estaba muy serio. Cuando llegó a la puerta Paula se paró y le saludó.
-Ven aquí-Dijo señalando el suelo justo a su lado de donde estaba sentado.-Pero de rodillas.
Paula se quitó los zapatos, y empezó a desnudarse, sabía que cuando le decía eso quería que lo hiciera desnuda, no quería hacerle enfadar más, así que pensó que sería lo mejor, igual así conseguía apaciguarle un poco. Cuando estuvo desnuda del todo se puso a cuatro patas y fue a su lado.
-Sabes que lo de anoche no estuvo bien.
-Sí Amo.-Contestó agachando la cabeza, en realidad, se sentía mal, no le gustaba fallarle, y para ella desobedecerle equivalía a fallarle.
-Eres una puta muy buena, sabes que me encantas, y te has portado muy bien, tomare lo de ayer como un desliz, pero obviamente, tendré que castigarte para que no se te olvide y no vuelvas a hacerlo. Sírveme una limonada, con hielo.
Paula, sin ponerse de pie, se dirigió a la cocina, al llegar allí se puso de pie, cogió un vaso, le puso hielo, sirvió limonada, que había hecho y le había llevado la
noche de antes y volvió al salón. Lo hizo de pie, le entregó el vaso, y se arrodilló a su lado de nuevo.
-Las manos
Paula cogió el vaso, Él encendió la televisión, puso un programa, y mientras tanto utilizó a su puta como mesa para reposar su vaso. Después de un rato, apagó la tele, y la miró. Cogió el vaso de sus manos y lo dejó en la mesa de al lado del sofá. Se puso de pie, y le dijo que se quedase allí. Salió del salón, y cuando volvió traía varias cosas en sus manos. Se volvió a sentar, se acercó a ella, y le colocó su collar. Lo cerró, cogió las pinzas de madera, que había comprado especialmente para ella. Tenía los pechos muy sensibles. Le colocó dos en los pezones, puso más alrededor de sus tetas, se había entretenido en colorearlas en distintos colores para que cuando le hiciera las fotos quedasen más bonitas.
La puso de pie, le golpe los muslos para que separe las piernas. Juan se puso de pie, con unas cuerdas en la mano, la pasó por mitad de su coño, tiró hacia arriba de ella, de manera que entre el movimiento y el roce se puso bastante caliente. Ató los cabos de la cuerda a su collar, por delante a una pequeña argolla que tenía y por detrás en la ranura para cerrarlo. De esa manera, cada vez que se movía la cuerda le rozaba y la ponía más cachonda.
La volvió a poner de rodillas, y comenzó a jugar con las pinzas, eso la puso más caliente aún, le dolía, pero era excitante. Juan que seguía de pie, la agarró por el pelo, y la echó sobre el sofá, de manera que su culo quedaba totalmente expuesto para Él. Se puso detrás de ella, y de pronto, le dio un azote, ella dio un grito, por la sorpresa.
-Lo único que quiero oír es el número, ni una queja.
-Sí Amo.
Juan comenzó de nuevo, le dio un azote, y otro y otro… Y Paula lo único que hizo fue contar cada uno de ellos, uno, dos, tres, cuatro… Sin protestar, y no porque no le doliese, que en realidad lo que más le molestaban no eran sus azotes sino más bien, la cuerda que tenía entre sus piernas. Cada azote que Su Amo le da hacía que se moviese y le rozase de manera que aunque placentero
podía llegar a ser molesto. Cuando llegó al número 50, no sin mucho esfuerzo, Juan paró.
Le acarició un poco para calmar un poco su dolor. Luego la volvió a agarrar por el pelo, y la llevó hasta la habitación. Allí le quitó la cuerda del coño. Paula se tumbó en la cama. La ató allí, Juan se apartó de la cama, y ella pudo ver como salía por la puerta
Continuará…

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